Escuela de rescate de Jesús Poveda: la última barrera entre la vida y la muerte

18 10 2011

Voluntarios que se plantan cada semana a las puertas del abortorio Dator para convencer a las mujeres de que sigan adelante con su embarazo. Respeto y voluntad de ayuda son sus pilares. Así se lo enseña su maestro, el doctor Jesús Poveda.

Sábado frío en Madrid. Una joven de 17 años se acerca a Dator. Está embarazada, sus padres no lo saben y tiene poco tiempo para abortar porque en casa están de mudanza y tiene que volver antes de la noche. Dos personas se aproximan y le hablan de alternativas; ella escucha pero decide entrar. Horas después, aún en ayunas y con el cansancio acumulado, sale del centro de abortos, cae al suelo, se lleva las manos a la cabeza, da un grito desgarrador y clama: “¡Qué he hecho, he matado a mi hijo!”.

Las dos personas que horas antes intentaban hacerle cambiar de opinión corren hacia ella, intentan levantarla del suelo, la abrazan, le dicen que se tranquilice.

Ella se niega a comer, se culpa por lo que acaba de hacer, llora. “Tu hijo te ha perdonado y Dios también, porque está viendo tu sufrimiento, ahora tienes que perdonarte tú”, le dicen, desesperados por que coma algo para evitar un desvanecimiento. Al final, lo que más consuela a la joven es saber que, gracias a ella, dos mujeres que iban a abortar se han dado la vuelta y se han ido a casa con sus hijos.

Porque de forma paralela a esta historia, los rescatadores de Poveda –voluntarios de la Escuela de Rescate a la Madrileña que trata de evitar los abortos a las puertas de centros como Dator- seguían hablando de ayuda y alternativas a las mujeres que se aproximaban a las puertas del establecimiento.

Justo cuando salió la joven arrepentida conversaban con dos parejas que tenían “muy claro” que querían abortar. Hasta que vieron y oyeron el llanto – “llorar de verdad”, apunta Poveda- y comprendieron lo que decían los rescatadores – “eso es el aborto”-.

Aunque en los dos años y medio de vida que lleva en marcha la Escuela ha conseguido salvar la vida de 300 niños, este reportaje comienza con una historia de las tristes, de las que acaban mal, porque define a la perfección los dos rasgos que caracterizan al grupo de rescatadores de Poveda: voluntad de ayuda y respeto a la mujer.

“Si la mujer coge el folleto explicativo que le damos, bien; si además se para a hablar con nosotros y nos escucha, mejor; y si ya decide cambiar de opinión y seguir adelante con su embarazo, entonces fabuloso. Pero si nos insulta y no nos hace caso, también bien. Respetamos a la mujer”, explica Poveda.

Justo la esquina donde pierden la vida cada año miles de niños de cuyas madres sería imposible hacer un perfil. “Desde niñas de quince años hasta mujeres de treinta y muchos, cuarenta; inmigrantes y españolas, con dinero y sin él y todo esto antes de que entrara en vigor la actual ley del aborto. Antes, cuando era necesario el consentimiento de los padres, también venían menores solas o con amigas”, explican los rescatadores.
Por parejas -siempre con una mujer como mínimo- abordan con respeto a quienes se acercan a Dator y les dan el tríptico informativo con el teléfono gratuito de atención a la mujer embarazada (900 500 505) y los recursos de alojamiento, trabajo, atención médica y psicológica que ofrecen diferentes asociaciones provida.

Aunque la Escuela comenzó los sábados de cuatro a seis de la tarde, los veteranos han ampliado el horario de rescates y se plantan a las puertas de Dator los sábados por la mañana, los domingos… cualquier hora es buena para salvar vidas. “Muchas madres solo necesitan saber que hay ayuda para seguir adelante con la vida de su hijo. Sabiendo eso, mi obligación es venir aquí cada sábado” explica María Soria, estudiante de Medicina de 19 años y rescatadora de la Escuela de Poveda casi desde el inicio. Desde aquel día que salía de rezar en una iglesia cercana y vio a un grupo de gente reunida en Dator; se acercó, les preguntó qué hacían y se unió a ellos el sábado siguiente.

María ha experimentado las dos versiones de una misma historia: el final feliz, mujeres que se abrazan al rescatador con una sonrisa al saberse apoyadas para seguir adelante con la vida de su hijo, y el desenlace sombrío. Una vez hasta tuvo que ser protegida del brazo de un hombre corpulento, lleno de tatuajes, que acudía con su novia a Dator. María se acercó, les dijo “Vengo a ofrecerles ayuda” y se encontró con un “o te vas de aquí o te mato”.

Su novio Ike de Toro, también veterano en la Escuela, explica que en días como ese o en otras tardes de invierno en las que nada parece salir bien, en las que reciben incluso la mirada altanera de mujeres que acaban de abortar, “hay momentos en los que solo puedes pensar que ahí dentro están muriendo niños”.

Pero los días buenos son más y compensan. Dice Ike que sentirse “padre virtual” de tantos niños es una sensación incomparable y que, además, solo con su presencia ya han conseguido algo muy importante: “los sábados de cuatro a seis casi no dan citas porque saben que estamos aquí; así que eso hemos logrado”.

Aunque hoy se han reunido para atender a los medios de comunicación por el aniversario de la Escuela, su entrenada mirada de rescate no descansa y, al girarse y ver salir de Dator a una pareja joven, cogen los folletos y salen corriendo. A su vuelta explican que son los amigos de una chica que está dentro abortando. “Pero cuando salga hablad con ella por si necesita ayuda, nosotros le hemos dicho que no lo haga”.

Otra joven que sale del establecimiento -se niegan a llamarlo clínica, “en vez de pacientes a las chicas las llaman clientes”-, les dice que no tiene tiempo para hablar con ellos y entonces Safa le tiende la mano con el folleto -“bueno, pues quédate con esto”-.

La joven se aleja leyéndolo y quizá ese gesto haya sido suficiente. “Como es una línea 24 horas, muchas veces nos cuentan que a las tres o cuatro de la madrugada del sábado al domingo llaman y les dicen que han estado en Dator y que unos chicos les han dado este papel”.

Hay días que ocurre así: salvan vidas sin saberlo. Otras, como el primer rescate de Safa, el milagro se produce delante de sus ojos. Era su primer día en la Escuela cuando se aproximó hacia Dator una chica tocada, igual que Safa, con un pañuelo islámico. Safa es de Siria y la joven que iba a abortar de Marruecos. “Me puse a hablar con ella en árabe y me dijo que, como en la religión musulmana no puedes tener relaciones sexuales antes del matrimonio y ella se había quedado embarazada tenía que abortar, que lo que había hecho estaba mal”. Safa le explicó que lo que iba a hacer era intentar arreglar un error con otro error aún mayor, que se estaba equivocando. Y la joven marroquí miró a Safa fijamente y le dijo: “Tienes razón. No puedo hacerlo”.

Sus amigos no entienden que esta joven de 18 años dedique la tarde del sábado a esa locura del rescate en lugar de ver una película o pasear con ellos por la calle. Y ella no les entiende a ellos. “Esto es lo más bonito que he hecho en la vida, de verdad. Es precioso”.
No hace falta hacer preguntas. Ellos solos van recordando los buenos momentos vividos en la esquina de una calle que es la contradicción en sí misma. “Mira, ese que entra es el psiquiatra que firma los informes y la señora que está a su lado quieta está rezando el rosario. Viene mucho. A mí el médico un día me mandó a… bueno, ya te imaginas”, cuenta Mamen.

Y entonces les viene a la cabeza la historia de aquella chica a la que ofrecieron ayuda cuando entraba en Dator. “Nos miró y siguió andando pero a los diez minutos salió y se acercó a nosotros. Le preguntamos que por qué y nos dijo: ‘Con vosotros todo han sido sonrisas y buenas caras; dentro está todo el mundo amargado’”.
Aunque hablan poco con “los de dentro”, alguna vez han intentado preguntarles por qué hacen lo que hacen y ya no se escandalizan cuando recuerdan la respuesta que dio uno de los médicos al doctor Poveda: “No sabes lo que soy capaz de hacer por dinero”. “Si esto no moviera tanto dinero… ni la mitad de la mitad”, dice Ike.

Para él el dinero es justo lo contrario, un motivo por el que nunca se debería decidir acabar con la vida de un niño. Aunque es cierto que la crisis afecta también a las asociaciones de ayuda y que muchas madres no reciben todo lo que esperaban – “es muy difícil encontrar trabajo y casa para todas. Hay muy poco dinero”- ninguna, recuerdan los rescatadores, ninguna de las 300 les ha dicho jamás “ojalá no os hubiera hecho caso”. “Ninguna se arrepiente de tener a su hijo, y, sin embargo, hay muchas que se arrepienten de no haberlo tenido”.

Justo lo que podría haberle pasado a Cristina, una joven que tenía 21 años y cuatro hijos cuando pidió cita para abortar en Dator. Estaba embarazada de cinco meses. Mamen García habló con ella y le recordó que cada persona es única e irrepetible. Le pidió que no acabara con la vida de su quinto hijo. Cristina entró en Dator y ya tenía puesta la vía de la anestesia cuando pensó que la rescatadora tenía razón. Se arrancó la vía y salió corriendo. Ya en la calle se abrazó a Mamen, que es madrina de la pequeña Yamira, quinta hija de Cristina. Cuando en el hospital las enfermeras le reprocharon que tuviera cinco hijos con 21 años ella respondió:“¿Qué queréis, que aborte? He encontrado gente que me ayuda no solo económicamente. Sé que estarán conmigo hasta que los necesite”.

Esa gente. La gente de Poveda. La última barrera entre la vida y la muerte.

Fuente: Las mejores noticias de Alba.

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21 09 2014
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